Reflexiones.

El detalle.

Me doy cuenta por momentos de la cantidad de cosas inútiles que tengo. He empezado a hacer un poco de limpieza porque, ya sabéis, en esta época nos regalan miles de cosas, y no me gustaría que mi afán por conservar lo que me gustan decline en síndrome de Diógenes, o algo así. Estoy siendo, a mi parecer, emocionalmente fuerte; estoy desprendiéndome de una ingente cantidad de cosas que abarrotaban mis armarios (tengo cuatro, echad un cálculo rápido), para poder guardar en ellos tanto mis últimas como mis futuras adquisiciones.

También me doy cuenta de la cantidad de dinero gastamos en regalos, y me da que pensar. Pienso que muchos van a lo fácil, al típico regalo seguro. Pero opino que, quizás, algo más personal haría más ilusión. Por lo menos a mi. Probablemente la culpa de estos que llamo regalos fáciles sea la falta de tiempo. Es una pena, porque, a veces, buscando e indagando un poco encontramos cosas que no se nos hubieran ocurrido nunca, pero suponen un detalle especial para la persona a quien se lo regalamos y, quién sabe, podría convertirse en una de esas cosas que almacenamos por el simple hecho de que nos recuerdan algo o a alguien. No creo que sea tan complicado, simplemente se necesita algo de tiempo. ¿Sabéis? Un par de entradas a un cineclub apenas cuestan dinero, pero encontrarlas puede significar una sonrisa absolutamente más grata que la provocada por un (carísimo y precioso, por supuesto) jersey – una pequeña y personal situación.

Y extrapolando, desde esta idea de los regalos, yo acabo por pensar que los detalles son de lo más importante. La más mínima expresión facial o el más discreto gesto pueden cambiar completamente el significado de cualquier acción. Es curioso, muchos no se dan cuenta de estas cosas. Se quedan en lo simple, lo banal. Y eso podría suponer el perderse dentro de una conversación o el no averiguar la verdadera intención de la misma; sin duda, es una lástima. Por otro lado, la literalidad en los hechos podría suponer un menor sufrimiento, no sé. Dicen que ojos que no ven, corazón que no siente. Quizás es mucho más sencillo y, para muchos, menos doloroso, el ignorar las segundas intenciones, o el tono ácido de ciertos comentarios.

Yo, por suerte o por desgracia, soy plenamente consciente de la gran mayoría de los detalles. Quizás por eso me cuesta desprenderme de ciertas cosas, quizás por eso salto jodidamente rápido cuando noto el malintencionado trasfondo de una frase. Probablemente ésto me cause más problemas de los que me resuelve. Pero es parte de mi, tengo la sensación de que es lo mejor, y de que me completa.

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