Prosa

Los pulmones de Nat ‘King’ Cole.

Brillaba con aquel vestido flapper, girando al son de cualquier viejo éxito. Como si fuera la única bombilla de aquel antro, cerraba los ojos y ladeaba la cabeza mientras movía la cadera. Temblaba cada fleco cuando sonaba su querido ‘Quizás, quizás, quizás’. Nat ‘King’ Cole habría cantado sólo para ella.
Apura otra copa. Sale despacio, y su piel se eriza al sentir ese viento que se le antoja polar. Él está apoyado en una farola. Ella le pide un cigarro.Mientras se lo lía, le habla sobre los tipos de whisky y ella le mira y sonríe. Se lo pone entre los labios y se lo enciende. Ella aspira una profunda calada mientras él sigue hablando. Y ella pone sobre los labios de él los suyos, y él calla. Se aparta lo mínimo y le pone entonces el cigarro. Gira en redondo, tan cerca de él que podría haberse quemado el cuello, y él aprovecha para echarle el humo en la nuca. Y ella se ríe y garabatea ‘aseo’ con lápiz de labios en el dorso de su mano. Vuelve a entrar al bar, y él termina el cigarro preguntándose si lo que a ella le conviene es sexo, o que alguien la salve.
Pero entra a buscarla al oír los primeros acordes de una melodía que promete más noche aún que que esas letras emborronadas en su mano. Todas sus risas, hasta el alba, tendrán un brillo enfermizo. Serán a la vez huecas y francas. Grisáceas, como los pulmones de Cole.

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