Prosa

Tu corazón, Lolita, dónde.

Madrugada. Tan cotidiana como aleatoria.
Estoy en el sillón acolchado; con las piernas encogidas y sólo su camisa puesta. La ventana está abierta. El cielo agotó sus tormentas hace ya bastante rato, pero permanece ese olor a tierra húmeda tan sorprendentemente sensual.
Me ha leído fragmentos de ‘Lolita’ sin saber que yo ya lo había devorado mil veces antes. Pero no he querido decírselo. Su timbre me agrada.
-¿Quiso ella realmente a Nabokov?-he preguntado.
Pero él se ha limitado a mirarme fijamente mientras le daba una calada a su cigarro. Por un instante, sus ojos se han visto desbordados por una mezcla de emoción y extrañeza. Después ha preguntado si quería que siguiera leyendo y le he dicho que no, que prefería descubrir el final por mí misma. Mentira. Pero ha apagado el cigarro con una mueca de entusiasmo por la que ha valido la pena mi respuesta.
He mirado la cama. Pues sí que la hemos deshecho. Hace ya mucho que el tocadiscos dejó de sonar. Cuando mi vestido le cayó encima, probablemente. En realidad no me importa, nadie necesita música si sabe acostarse en condiciones.
He escuchado cómo cerraba el grifo de la ducha y he pensado que ojalá no me hiciera ninguna pregunta demasiado seria. En ese momento todo lo que requería era un café cargado por Charlie Stoker.
Al poco ha venido y se ha sentado frente a mi. Me ha mirado fijamente y, qué atroz por su parte, me ha hecho una pregunta.
-¿Te has cansado alguna vez de amar?
(¿Qué diablos significa eso?)
-No.
-Entonces nunca has amado.-ha sido su sentencia.
-Es lo más probable.
He añadido una carcajada seca y he mirado hacia el minibar, no sé por qué.
Pero él ha debido pensar que había una razón para ello, porque se ha levantado y me ha servido una copa, quedándose de pie mientras me miraba.
Me la he bebido sin apenas respirar y, de repente, me he sentido obligada a citar a Sartre:
‘El infierno son los otros.’
Miradas. Silencio.
Se ha acercado a mi y, apartando su propia camisa, toda sucia por mi barra de labios, me ha susurrado:
-Pero algunos son el cielo.
Y ha empezado a besar mi cuello, y yo he cerrado los ojos y me he quedado quieta, preguntándome si debería empujarle con un seco ‘necesito dormir’, o apretarle contra mí, como si de una petición a que continuara pese a que hace demasiado que no duermo.
Hasta que en mi mente se ha aparecido Nabokov, hablando de su Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.
Así que, con mis uñas clavadas en su camiseta, le he arrastrado tan cerca de mi pecho que nuestras respiraciones se han hecho una.

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