Prosa

Super skinny bitch

Ha estado soplando mis uñas para secar el esmalte rojo. Puede acercarse, no muerdo. O quizás sí. Y también puede que arañe. Dice que soy arisca y despegada, desagradablemente independiente, y con un nivel de cinismo que resulta insultante.

Me ha hablado de cine y le he hablado de los años veinte. Y luego dice que recuerda a Diego Álvarez diciendo que él sólo es un fingidor, y dice considerarme totalmente lo opuesto, que con mi pelo moreno y mi cintura estrecha le parezco lo más auténtico que ha visto nunca.

Estoy sentada, con el cuaderno sobre las piernas cruzadas, y voy escribiendo según hablamos. Quizás lo estoy adornando como quiero, o quizás es él quien me hace cambiar la historia, o quien ni siquiera tiene una versión concluyente.

¿La ha jodido? La situación, está claro.
A mi seguro que no, porque sigo riéndome mientras él me pide que pare, que cierre el cuaderno y le escuche mientras dice cualquier excusa que se le pueda ocurrir.
Pero yo le digo que no, y sigo escribiendo, veloz, haciendo caso omiso tanto a sus caricias como a sus palabras. Y él sólo es capaz de preguntarme cómo puede caber tanta hija de puta en este cuerpo delgadito.

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