Prosa

Ąurum

Qué iba a hacer yo si todo lo que sus manos tocaban se convertía en maravilla. Le temblaban los labios al hablar, pero a mi me temblaba el alma.
Y sus palabras rozándome convertían las astillas de mi descompuesto rojo en cristal; cada una de sus verdades (y todas sus mentiras) se clavaban en mi pecho como punzones de gloria o rabia.
Rey Midas de mis sueños, porque tornaba todas mis esperanzas en una pesadez dorada y mortal, y porque sus manos encantadas hacían brillar todo mi ser… Qué triste el marchitarse de un alma rodeada de frescas rosas. O qué tristes las rosas que no se atreven a marchitar.

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Prosa

§hiver

Cada vez que quiero rozar el cielo acabo en el suelo de una habitación que no es la mía. Y quizá por eso no sé lo que son las nubes, y en cambio defino el barro, la suciedad, a la perfección.
Dejo atrás el esnifar mentiras, el inyectarme odio y soledad. Por mí, por lo mucho que me quiero, abandonaría los besos de taquicardia y me volvería adicta a las palabras reanimantes.

Por quien se fue, por quien eché, por quien llega, por quien es requerido…
Si tu boca por mi espalda, con todo lo que te pienso, no acaba encarnando la justicia poética, pueden venir a mí todas las tormentas, que ya no aceptaría ley ni poema alguno.

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Prosa

Sense

La estantería está llena de películas mudas y vinilos; hay viejos sombreros llenos de sucias flores de tela, y tres mil, dos mil, mil y un recortes de revista. Todo se vuelve más gris según vas alzando la mirada.
Yo vivo en lo alto de la estantería. Entre polvos, casi tocando el firmamento, allí donde todo son nubes, hastío y pelusas. Porque el cielo no se sostiene solo, pero es que el infierno lo sostengo yo.

Ahí arriba leo el Teatro de la Crueldad y sonrío al ver el vanal sufrimiento del resto de los mortales.
Sexo, contradicciones.
Mi postura favorita es siempre la contraria a la vuestra.

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Prosa

Super skinny bitch

Ha estado soplando mis uñas para secar el esmalte rojo. Puede acercarse, no muerdo. O quizás sí. Y también puede que arañe. Dice que soy arisca y despegada, desagradablemente independiente, y con un nivel de cinismo que resulta insultante.

Me ha hablado de cine y le he hablado de los años veinte. Y luego dice que recuerda a Diego Álvarez diciendo que él sólo es un fingidor, y dice considerarme totalmente lo opuesto, que con mi pelo moreno y mi cintura estrecha le parezco lo más auténtico que ha visto nunca.

Estoy sentada, con el cuaderno sobre las piernas cruzadas, y voy escribiendo según hablamos. Quizás lo estoy adornando como quiero, o quizás es él quien me hace cambiar la historia, o quien ni siquiera tiene una versión concluyente.

¿La ha jodido? La situación, está claro.
A mi seguro que no, porque sigo riéndome mientras él me pide que pare, que cierre el cuaderno y le escuche mientras dice cualquier excusa que se le pueda ocurrir.
Pero yo le digo que no, y sigo escribiendo, veloz, haciendo caso omiso tanto a sus caricias como a sus palabras. Y él sólo es capaz de preguntarme cómo puede caber tanta hija de puta en este cuerpo delgadito.

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Catarsis.

Se ha esfumado, como tú ya soñaste que haría. Y ahora el eco sordo del jazz en el tocadiscos es más crudo y amargo. Ahora tu alma pide napalm a gritos, y tu corazón está desbocado porque pensaste que, corriendo lo más lejos posible, perderías de vista su recuerdo. Pero no ha sido así, aún te persigue. Como una pesadilla recurrente, imaginas de nuevo sus labios sobre los tuyos, y la melancolía se torna en rabia cuando vuelves a la realidad y ves que ya no regresará.
Aún escribes en su honor. Pero ya no envías una sola carta. Las guardas y las quemas cada cierto tiempo; ahora son un vía de escape.
Y deberías borrar las marcas de tinta de tus nudillos porque, cada vez que das un puñetazo, eso que es un recuerdo de sus ojos canaliza toda tu ira. Y así, amor, es imposible olvidar.

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Prosa

Moteles.

Me he quedado sentada junto a la ventana. He apurado la última cerveza mientras contemplaba, absorta, las luces de neón que rezan MOTEL. Han dejado de iluminarse al alba. Un afable sentimiento de complicidad ha recorrido mi cuerpo al darme cuenta de que yo soy como ellas, también brillo sólo de noche. Me he reído sola y he alineado los botellines en forma de espiral en el centro de la habitación.
He cogido la chaqueta y, descalza, he bajado a sentarme al jardín que está enfrente. Las gotas de rocío cubren la hierba, y no os imagináis lo maravilloso que resulta hundir los pies en ella. Me he fumado la mierda que me quedaba y me he quedado ahí, tendida, mirando cómo el sol iba cogiendo altura. Puede que incluso haya dormido un poco. Quizás he soñado. Quizás he vuelto a doñar contigo.
Supongo que era mediodía cuando me he levantado y he ido de vuelta a la habitación. He llenado de espuma la bañera y he rezado por ahogarme. Pero al final simplemente me he cansado de cantar en el agua y he salido, he salido a bailar por la habitacióm enrollada en la toalla. He tirado los botellines y he empapado la moqueta, pero qué instante de felicidad tan mío.
Por la tarde me he vestido de lo que podría definirse como un intento se persona corriente, y he llevado mi libro a máquina a aquella editorial en la que parecieron interesarse por lo que escribo.
Y ojalá publiquen mi pequeño tesoro, porque creo que este motel está comiéndose mis sueños. E incluso los monstruos de debajo de la cama han salido a acariciarme la cabeza, preocupados por mí y porque, por no tener, ya no tengo ni miedo.

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Tu corazón, Lolita, dónde.

Madrugada. Tan cotidiana como aleatoria.
Estoy en el sillón acolchado; con las piernas encogidas y sólo su camisa puesta. La ventana está abierta. El cielo agotó sus tormentas hace ya bastante rato, pero permanece ese olor a tierra húmeda tan sorprendentemente sensual.
Me ha leído fragmentos de ‘Lolita’ sin saber que yo ya lo había devorado mil veces antes. Pero no he querido decírselo. Su timbre me agrada.
-¿Quiso ella realmente a Nabokov?-he preguntado.
Pero él se ha limitado a mirarme fijamente mientras le daba una calada a su cigarro. Por un instante, sus ojos se han visto desbordados por una mezcla de emoción y extrañeza. Después ha preguntado si quería que siguiera leyendo y le he dicho que no, que prefería descubrir el final por mí misma. Mentira. Pero ha apagado el cigarro con una mueca de entusiasmo por la que ha valido la pena mi respuesta.
He mirado la cama. Pues sí que la hemos deshecho. Hace ya mucho que el tocadiscos dejó de sonar. Cuando mi vestido le cayó encima, probablemente. En realidad no me importa, nadie necesita música si sabe acostarse en condiciones.
He escuchado cómo cerraba el grifo de la ducha y he pensado que ojalá no me hiciera ninguna pregunta demasiado seria. En ese momento todo lo que requería era un café cargado por Charlie Stoker.
Al poco ha venido y se ha sentado frente a mi. Me ha mirado fijamente y, qué atroz por su parte, me ha hecho una pregunta.
-¿Te has cansado alguna vez de amar?
(¿Qué diablos significa eso?)
-No.
-Entonces nunca has amado.-ha sido su sentencia.
-Es lo más probable.
He añadido una carcajada seca y he mirado hacia el minibar, no sé por qué.
Pero él ha debido pensar que había una razón para ello, porque se ha levantado y me ha servido una copa, quedándose de pie mientras me miraba.
Me la he bebido sin apenas respirar y, de repente, me he sentido obligada a citar a Sartre:
‘El infierno son los otros.’
Miradas. Silencio.
Se ha acercado a mi y, apartando su propia camisa, toda sucia por mi barra de labios, me ha susurrado:
-Pero algunos son el cielo.
Y ha empezado a besar mi cuello, y yo he cerrado los ojos y me he quedado quieta, preguntándome si debería empujarle con un seco ‘necesito dormir’, o apretarle contra mí, como si de una petición a que continuara pese a que hace demasiado que no duermo.
Hasta que en mi mente se ha aparecido Nabokov, hablando de su Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.
Así que, con mis uñas clavadas en su camiseta, le he arrastrado tan cerca de mi pecho que nuestras respiraciones se han hecho una.

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